
Nunca quise dar clases, en mi caso, de Lengua y Literatura.
Cuando algún profesor del lugar donde estudié me preguntaba al respecto, yo contestaba negativamente.
Es verdad que fui a un Profesorado y el título que te dan al finalizar todo es el de Profesor, pero jamás fue esa mi intención.
Simplemente sentía el irrefrenable deseo de conocer otros escritos (de los buenos y de los malos, de autores conocidos y anónimos, lejanos y cercanos, actuales y antiguos), más allá de los que ya iban acomodándose en mi biblioteca.
Pero una vez recibí un misterioso llamado que me ofrecía un trabajo de Profesor. Como el momento en el que estaba no me permitía negarme, acepté.
Sin embargo, jamás hubiese imaginado que aquella mañana en que hice mi presentación, hace ya de esto de hace un impar de años atrás, ante un grupo de alumnos de 2º Año, a partir de ese preciso momento iba a generar lo que hace tan sólo unos cuantos minutos viví…
La materia, mi materia, es Lengua y Literatura y alguna vez también fue Literatura Española.
Sin embargo, las charlas con todos los alumnos que han pasado por mis clases, algunas veces se desviaban hacia la vida y sus calles de adoquines, y sus huellas en la arena, y sus estrellas fugaces.
Y en cada una de esas charlas había historias personales que servían para marcar caminos, para enderezar rumbos, para permitirse ciertas pausas.
Y también había tiempo (sobre todo los lunes) para pequeñas bromas deportivas entre nosotros mismos. Pero siempre recibidas con una sonrisa o una respuesta certera, ingeniosa, pero sin lastimar. Después de todo, más allá de la pasión y los colores, todos llevamos en nuestro interior un corazón del mismo color. Y eso es lo que se aprendió sin decir. Como muchas veces sucedía en clases que se hacían al ritmo y pulso de cada uno de los que estábamos en el aula.
Y más allá de los días malos, la sonrisa siempre adelante, sincera, y recordando que estábamos ahí para aprender, para ayudarnos, para acompañarnos, para entender de qué se trata todo esto.
Hoy, un día gris para mi interior pese al sol y la temperatura, tengo entre mis manos el telegrama que da cuenta de mi renuncia al colegio donde trabajé los últimos años.
Sin embargo, en mi eterna mochila donde siempre hubo trabajos prácticos, evaluaciones, escritos, libros, cuadernos, y demás útiles escolares, llevo también algo más.
Algo que en realidad no está en mi mochila, sino en mi interior.
Me refiero al ENORME CARIÑO que me han demostrado MIS ALUMNOS que, como dije en algún momento, no son ex alumnos, sino alumnos, porque siempre los voy a considerar de esta manera y porque les guste o no, ya forman parte de un tramo muy importante de mi vida.
Lamentablemente cayeron algunas lágrimas en esta despedida y les pido disculpas por eso, sin embargo sé que se trata de una de las demostraciones más genuinas y las tomo así.
Lo mismo con esos recreos en que entraban al aula a saludarme y a decirme que me extrañaban, o compartiendo los cinco o diez minutos que, a diferencia de otros tiempos, podíamos tener para ponernos al día de… cualquier cosa.
Yo siempre gratamente sorprendido de que “pierdan” sus recreos para saludarme o hablar conmigo, algo que me enorgullece.
Pero sobre todo me enorgullece ver en la calidad de personas en las que se han ido transformando…
Aquellos pichones del cuento inmortal, ahora los veo como los cóndor que yo sabía que se irían convirtiendo.
Y verlos volar tan majestuosamente y seguros y con una calidez y una transparencia que más de uno quisiera poder tener, a mí me hace inmensamente feliz.
Es por todo esto, queridos alumnitos (no los nombro pero cada uno sabe a quién me refiero, no?) les pido por favor que no estén mal.
A veces en la vida hay que tomar decisiones, quizás arriesgadas, quizás inentendibles, quizás equivocadas, pero tengan la certeza de que lo hago pensando que, en este momento, es lo mejor.
MUCHAS GRACIAS POR TODO, porque como siempre dije, yo también entro al aula cada día a aprender, y ustedes me han enseñado y demostrado muchísimo durante todo este tiempo compartido.
Los quiero mucho y siempre van a estar conmigo, porque, les guste o no… ya son parte de mi vida.
Espero que sigan creciendo, sobre todo interiormente, y, obviamente, que lleguen bien a diciembre, jajajajaja.
Con todo mi corazón…
Gastón