El verdadero final
Es extraño pero, pese a mi costumbre, solamente dejé que el teléfono sonara dos veces, quizás para poder proseguir con mi tarea musical, o porque sentí el golpe en el pecho como cuando mi intuición me quiere decir algo y no encuentra otra manera de comunicármelo.
Del otro lado de la línea una voz anónima me contaba la noticia con respecto a Nadia.
Colgué el tubo y me dejé caer en el sillón. Antes puse más hielo en el vaso y lo llené de un whisky tan caro como añejo.
Con el primer trago me di cuenta de la realidad del mensaje, de la tragedia impensable.
Con el segundo trago comencé a sentir el dolor de las imágenes que comenzaban a desfilar por mi mente, mientras de fondo se escuchaban las notas de un piano ejecutando con sus teclas negras un viejo y triste jazz. Pero mi tristeza era demasiada y se acentuó aún más con las luces apagadas, con otro nuevo trago, y con los recuerdos colgados en la oscuridad de esta noche sin estrellas.
Nadia había sido mi novia diez años atrás. Fueron tiempos muy lindos y difíciles a la vez, por causa personales y por la ausencia de esa década en nuestras respectivas edades. Nos conocimos por casualidad durante un curso de orientación vocacional. Ella se encontraba dudando de su vocación y yo me encontraba seguro de mi desorientación. Pero cuando nos descubrimos supimos hacia dónde nos orientaríamos, por lo menos en lo que tenía que ver con el corazón.
Después de unas charlas, algunos cigarrillos compartidos, y salidas varias, unimos nuestras vidas hasta el final de los tiempos, sin saber que ese final se encontraba tan cerca en nuestros almanaques.
Sin embargo, el poco tiempo que estuvimos juntos fue maravilloso.
Y caminábamos tomados de la mano hacia nuestros puntos de encuentros marcados por una plaza en soledad, por el conocido bar de la esquina, por el empedrado parejo e infinito, por las casas de colores, por los caminos de nuestros propios mundos.
Y juntos conocimos el diferente sabor de los mates, el sabor del tequila en tierras no mexicanas, la incomodidad de algunos cines, la traición de los relojes, el color de los cielos según las estaciones, el ardor de las hogueras, el dolor de las lejanías.
Pero algo pasó un día y una carta marcó el adiós que tiempo después dejamos de reconocer.
Nosotros, los de ahora, ya no éramos los mismos, pero no lo supimos hasta aquella fiesta en la que coincidimos.
Y en los jardines de aquel salón nos volvimos a descubrir, después de cinco años eternos.
Y reímos, y gozamos, y hablamos hasta que el dios sol nos encegueció y vos recordaste que estabas de novia y con una (nueva) vida casi armada. Ahí fue cuando nos dimos cuenta que el tiempo entre nosotros había pasado y que hacía media hora que el último de los invitados ya se había retirado.
Nos dijimos un nuevo chau sin palabras y con un beso que rozó parte de nuestros labios.
Eso fue lo último que supe de Nadia hasta ese llamado fatal de anoche.
Y con la mañana marcando el camino me dirigí al lugar indicado para experimentar de un solo golpe cómo es la muerte durante la vida.
Y mientras caminaba hacia tu encuentro iba recordando tantas otras cosas que yo creía estúpidamente olvidadas.
Hasta que llegué a la dirección donde te encontrabas caminando hacia la otra vida.
Y te vi...
Te vi con ese ramo de flores que alguien colocó entre tus manos.
Con esa forma tan particular de tu presencia iluminándolo todo.
Con ese pelo, ahora más claro, que alguna vez me tapó los ojos.
Con esa boca semicerrada, semiabierta, que me siguen diciendo cosas estando en silencio.
Con esa mirada que ya no puedo ver (lágrimas suicidas)
Con ese vestido blanco que viste tu cuerpo del mismo color.
Con ese "Sí, acepto" que no alcanzo a escuchar pero que le acabás de regalar en un tímido susurro a la persona que tenés a tu lado y al que acaban de declarar como tu legítimo marido.
